
Ainara ha tomado la primera comunión. Como podéis imaginar fue un día muy especial para ella, cargado de emociones y del que seguro guardará un bonito recuerdo por todo lo que vivió, que fue intenso.
Lo siguiente léase en clave de humor:
En los 70, la mayoría por no decir todos los niños, hacían la comunión tanto si querían como si no, no era una imposición religiosa pero sí social y cultural. Y a los 7 años nada menos!!
Durante meses asistías a catequesis donde un cura te enseñaba los valores de la fe y a comportarte como un buen cristiano, tenías que aprenderte los Mandamientos de la Ley de Dios, de la Santa Madre Iglesia, las Bienaventuranzas y todas las oraciones habidas y por haber. Y lo memorizabas mecánicamente para después recitarlo como un papagayo, porque al día siguiente te lo preguntaba y tenías que sabértelo o Dios te castigaba. Qué presión. Por si no teníamos bastante con los deberes que nos mandaban en el colegio…
Y luego estaba ese miedo constante a no pecar. Que ya dudabas sobre lo que era pecado y lo que no. Y digo yo, qué pecado puede cometer una criatura de 7 años? Hablar en clase…. alguna mentirijilla…?
Para poder tomar la comunión tenías que haber pasado bastantes horas sin comer, vamos…. lo que hoy en día viene siendo el ayuno intermitente. Desde las 6 de la tarde que habíamos merendado hasta las 15:00h del día siguiente sin ingerir una triste galleta y, por si fuera poco, cuando te daban la hostia consagrada te decían que no la podías masticar y ahí andabas tú peleándote con ella para poder despegarla del paladar con la lengua, ufff…. qué faena!!
En todas estas… había una mezcla de humor y seriedad entre los que íbamos a comulgar, pues se juntaba la picardía inocente de los niños con la solemnidad del evento. Y, siendo honestos, para la gran mayoría la parte espiritual quedaba en un segundo plano, solo queríamos que terminara la ceremonia para ir celebrar el día con la familia y amigos, abrir los regalos de comunión, cortar la tarta, hacernos fotos…
Después de tomar la primera comunión adquirías el compromiso de confesarte en la iglesia. Y tú llegabas al confesionario, te arrodillabas y le soltabas al buen hombre lo que considerabas que no habías hecho bien y a continuación éste te absolvía, te mandaba rezar tres padrenuestros y dos avemarías como penitencia y a empezar de cero. Pues así era en los 70.
Mirad, en esta entrada no os he podido poner fotografías del paso a paso, esta tarta llevaba trabajo y, en esta ocasión, la falta de tiempo libre me obligó a limitarme únicamente a su elaboración sin perder ni tan solo un minuto en flashes.
Pero os cuento que se trata de una tarta de dos niveles. La tarta inferior se compone de 5 bases de bizcocho de chocolate emborrachado ligeramente con almíbar de canela y relleno de trufa. La tarta superior se compone de 4 bases del mismo bizcocho, almíbar y relleno. Tanto en el bizcocho como en la trufa he utilizado cacao puro en polvo y una parte de cacao puro en polvo black que potencia el sabor del chocolate y lo eleva a otro nivel. La nata utilizada para la trufa es de origen vegetal, la cual no necesita nevera (salvo temperaturas muy altas) y se mantiene estable todo el tiempo. Lo cual era perfecto ya que la tarta iba a estar expuesta varias horas. Después les he aplicado a las dos una cobertura de ganache de chocolate para poder decorarla sin complicaciones y las he llevado al frigo a endurecer el chocolate.
He colocado la tarta de abajo directamente en la base de presentación. La decoración de ésta está hecha con una fina capa de fondant y para obtener ese patrón de rayas me ayudé de un tapete de silicona de aquellos que se utilizan para hacer sushi. Las florecitas están hechas con fondant y un molde de silicona de cavidades de dos tamaños. Mejor tenerlas hechas con un par de días de antelación. Para la parte amarilla de las flores utilicé papel de oro comestible el cual pegué con ayuda de un pequeño pincel y una gotita de agua. Aquí paciencia y delicadeza, no queda otra. Las florecitas las pegué por todo el contorno con un pelín de agua haciendo las veces de pegamento.
He introducido verticalmente cuatro pilares de madera sobre los que apoyar la tarta superior y evitar así que se hundiese o aplastase la inferior. Y también he colocado un pilar central largo que para unir las dos tartas. De esta manera no se moverían en el trayecto en coche.
Después de tener la primera tarta decorada, he colocado la tarta superior encima para poder decorarla directamente sin tener que moverla después a riesgo de dañarla. Esta tarta está rociada con un spray comestible de color blanco efecto terciopelo. Está compuesto de manteca de cacao y hay que templarlo dentro de un recipiente con agua caliente no superior a los 30-35ºC para que se derrita. Para lograr un acabado aterciopelado perfecto, la tarta debe estar completamente congelada. El choque térmico al aplicar el spray de manteca de cacao es lo que cristaliza la textura. La zona donde se va a rociar la tarta hay que cubrirla con film transparente ya que el spray tiene amplio espectro, con lo cual lo pone todo perdido y cuesta retirarlo. Así que cubrí todo, es decir, desde las florecitas hacia abajo y toda la superficie de trabajo. He necesitado dos frascos para que quedase bien cubierta.
El resto de la decoración lo forman la cruz y el nombre hechos con metacrilato, cortesía de Fran. Los pegué a la tarta con un pelín de chocolate blanco derretido. En la parte superior inserté una muñequita de metacrilato que me enamoró desde el primer momento en que la vi.
Y tarta terminada. Espero que os haya gustado, tanto como a mí hacerla.
Un abrazo princesa, felices de haber compartido contigo este día tan importante para tí. Te queremos infinito.
