Mermelada de cerezas

Recordáis las cerezas tan bonitas y coquetas de la publicación anterior? Brillantes, carnosas… de un rojo profundo tan irresistible que eran pura tentación. Tanto que el antojo pudo conmigo y terminé en la cocina deshuesando cerezas como si no hubiera un mañana. ¿El resultado? Tengo mermelada casera para abastecer a medio vecindario los próximos tres meses (vale, igual he exagerado un poco, pero solo un poco, ejem…).

Para ser honestos, mi plan inicial era hornear una deliciosa tarta de cerezas americana que me fascina. Esa era mi expectativa, pero la realidad es que mi horno llevaba un mes en huelga por estrés térmico, negándose incluso a cumplir los servicios mínimos, total que no me quedó otra que improvisar un dulce distinto utilizando la vitro, que la pobre aguanta lo que le echen sin quejarse. Es una santa.

Así que, decidí sentarme a la mesa y descargar toda la adrenalina de la semana usando un deshuesador, sí… ese maravilloso artilugio que, en vez de limitarse únicamente a extraer el hueso, decide activar un mecanismo de aspersión y lanzar un chorro de jugo directo hacia tí. Y aquí viene lo mejor: sabiendo perfectamente lo muchísimo que manchan las cerezas cuando están maduras, no tuve la más mínima previsión de ponerme un triste delantal. Con lo cual, ahora tengo una camiseta de diseño exclusivo que no sé si tirarla a la basura, subirla a Vinted etiquetada como “prenda de edición limitada con tintes naturales” o recurrir a alguno de los remedios mágicos e infalibles que usan las madres para sacar las manchas que ni la NASA conoce. Y eso no es todo, tampoco tuve la previsión de utilizar guantes, con lo cual mis dedos acabaron pigmentados como si hubiera estado pintando un cuadro a mano alzada. Vamos… que ni en mis tiempos de principiante me pasaba esto a mí. 

Hoy, domingo, compenso el trauma de la camiseta y de mis dedos pigmentados con este desayuno de tostadas con mantequilla y mermelada casera. No hay prisa, no hay horarios…. solo yo, decidiendo si me preparo una tercera tostada y haciendo un esfuerzo sobrehumano para no comerme el frasco entero de mermelada.

Y vosotros… sois del equipo desayuno dulce o salado? 

Os cuento cómo hacerla.

Ingredientes: 

700 g cerezas (pesadas sin hueso)

225 g azúcar 

zumo de 1/2 limón

Retiramos los huesos de las cerezas con ayuda de un deshuesador. 

Pesamos la cantidad de cerezas que requiere la receta y las echamos a un cazo. Añadimos el azúcar y el zumo de medio limón.

Removemos la mezcla y llevamos a fuego medio-alto (6-7 en vitrocerámica). Podemos machacar la fruta con un tenedor o un machacador de patatas de aquellos que se utilizan para hacer puré. Dejamos que cocine unos 15 minutos sin tapar, removiendo de vez en cuando.

Retiramos del fuego y, con ayuda del accesorio de cuchillas de la batidora de mano, trituramos ligeramente la fruta de manera que queden trocitos.

Después, llevamos de nuevo al fuego y dejamos que siga cocinando 15 minutos más a la misma temperatura y, al igual que la vez anterior, sin tapar y removiendo de vez en cuando para evitar que se pegue al fondo. Ojo con las salpicaduras que hacen “pupita”. Veremos que va cogiendo textura. En este punto hemos de tener especial cuidado de que no se evapore el líquido por completo o empezará a caramelizar y al enfriar estará demasiado densa. 

Para saber si la mermelada está en su punto, vamos a recurrir al viejo truco de nuestras abuelas. Se trata de poner un plato en el congelador un ratito, retirarlo y depositar una cucharada de mermelada. Si al pasar el dedo por el medio se queda la marca del surco, ya estará en su punto y podemos retirarla del fuego. 

Si vamos a hacer conserva, debemos llenar los tarros (previamente esterilizados) cuando la mermelada está todavía caliente. Los cerramos bien, los ponemos en una olla amplia, los cubrimos con agua y hacemos un baño maría de 30 minutos desde que rompe a hervir. Después, con cuidado de no quemarnos, los retiramos y dejamos sobre un paño de cocina o una tabla de madera a enfriar.

Mirad, yo suelo reutilizar los frascos de cristal de paté. Tienen la medida ideal: ni mucho ni poco. Cuando te apetece, abres uno y se termina rápido. Así evitas que se quede meses abierto en la nevera, olvidado detrás de los yogures, que es lo que suele pasar cuando son tarros grandes.

Que lo disfrutéis.

Ali

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