Leche merengada

Estamos en pleno verano. Esa estación del año en la que el termómetro roza los 40ºC a la sombra y la supervivencia se convierte en la única prioridad. 

En estos días en los que el asfalto se derrite y el aire quema al respirar, un plan de playa suena a gloria bendita, verdad? Y es que el mar tiene su encanto: te refresca, la brisa es agradable y el sonido de las olas relaja a cualquiera. Pero amigos, esa postal idílica de catálogo de viajes os la compro para el mes de mayo. La realidad ahora es otra muy distinta, porque sobrevivir a un día de playa en el mes de agosto se ha convertido en un deporte de alto riesgo. Y es que, o te plantas allí a las 7 de la mañana para conquistar el terreno como si fueras un emperador romano, o estás perdida. Un par de horas después ya es imposible; aquello se llena de una masa humana que parece el primer día de rebajas en enero y no cabe ni un triste alfiler. Y tú que llegas con unas expectativas altísimas, cargada con la sombrilla en un hombro, la neverita de 10 kg en el otro, la silla plegable bajo el brazo y sujetando el sombrero con los dientes para que no se lo lleve el viento… enseguida te das de bruces con la cruda realidad. Tu idílico día de relax se convierte, de golpe y porrazo, en una gincana militar donde tienes que esquivar sombrillas clavadas al milímetro y saltar por encima de toallas ajenas rezando para no pisarle la cabeza a nadie. Y cuando por fin, milagrosamente, encuentras un hueco, te encajas ahí y te acomodas como buenamente puedes, con la feliz idea de leer tu libro tranquilamente. Pero es misión imposible porque, claro, ¡qué suerte la mía! que justo me toca al lado el rey de la pista. Ahí plantado, a escasos veinte centímetros de mi toalla, poniendo su playlist ruidosa en altavoz a todo trapo. Tanto que me dan ganas de pedirme un mojito, levantar los brazos y unirme a la fiesta. ¡A la porra la lectura!

Y lo peor de todo llega a la hora del almuerzo. Entre el viento de poniente, el tipo de enfrente que sacude su toalla como si estuviera apagando un incendio y los niños que pasan corriendo a tu lado como si fueran atletas olímpicos, tu almuerzo cambia por completo y terminas comiendo un menú de alta cocina en plan cutre: un bocadillo de lomo con rebozado de arena fina, acompañado de un crujiente de conchas de playa con aroma de crema solar factor 50. En resumidas, platazo gourmet que te rechina los dientes durante tres días y que te obliga a beberte dos litros de agua de golpe si no quieres que tu garganta se convierta en una duna del Sahara y tengan que venir los socorristas con un desatascador. Menos mal que el trauma del bocadillo lo compensa la encantadora señora que tienes al otro lado, que saca el arsenal y te ofrece una rodaja de sandía bien fresca para compensar la tragedia de sus propios nietos.

Pero bueno que, tampoco me quiero poner tremendista, pues al final, el premio de consolación a sobrevivir a un día de playa en agosto y no morir en el intento, es huir al chiringuito y, en mi caso,  tomarme una leche merengada muy muy fría. Con su toque de canela, su textura de nube helada y ese frescor divino que me recuerda que, a pesar de todo… me encanta la playa.

Os cuento cómo hacer leche merengada:

Ingredientes:

1 l leche entera

piel de limón

2 ramitas de canela

150 g azúcar

3 claras de huevo “M” a temperatura ambiente

45 g azúcar glass 

canela en polvo

En un cazo ponemos la leche, las ramitas de canela y la piel del limón (¡ojo! sin la parte blanca que amarga) Llevamos a fuego medio y, en cuanto empiece a hervir, retiramos.

Añadimos el azúcar y removemos bien para disolverla, tapamos y dejamos infusionar hasta que enfríe. 

Pasamos la leche por un colador a una jarra y llevamos a la nevera al menor 12 h para que esté bien fresquita. Si queremos un enfriado rápido podemos llevarla al congelador 1 hora. 

Montamos las claras con al azúcar glas a punto de nieve.

Sacamos la leche infusionada de la nevera o del congelador y vamos incorporando el merengue poco a poco con unas varillas, mezclando con mucha suavidad hasta que quede integrado.

Reservamos unas cucharadas de merengue para decorar.

Servimos inmediatamente en vasos altos previamente enfriados en el congelador durante unas horas. 

Decoramos con una nube de merengue y espolvoreamos con canela en polvo. 

Y este es mi antídoto para sobrevivir a un día de playa en pleno mes de agosto. Me olvido de la arena en el bocadillo, me sirvo un vaso bien fresquito de leche merengada y… ¡que tiemble el verano!

TIP: Si nos apetece tomarla granizada con cuchara, meteremos la mezcla de leche y merengue en el congelador un par de horas, removiendo cada 30 minutos para romper los cristales de hielo. Queda increíble.

Que lo disfrutéis!!

Ali


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