
Los coches automáticos y yo tenemos una relación complicada. Mirad, en realidad no tengo nada en contra de ellos, pero es que a mí lo que me gusta es manejar las marchas. Me encanta la sensación de poder absoluto, de sentir que tengo el control.
Con un coche manual es todo un ritual: punto muerto, un pie en el embrague y otro en el freno, poner primera, soltar freno de mano, levantar el pie del freno gradualmente y acelerar con suavidad. Y a continuación está ese momento glorioso de meter segunda, tercera… un juego de pies y manos que te obliga a estar atento y te mantiene despierto al volante.
En un coche automático, arrancas y ya está, te conviertes en un simple pasajero que sujeta un volante. La única emoción que tienes es adivinar cuándo va a cambiar de marcha. Bueno… eso… y buscar qué música poner para no quedarte dormido.
Y luego están todos esos botoncitos: que si P, que si D, que si N, que si R, que si B, que si S, que si W…. por favor, qué estrés!!! me siento como si estuviera pilotando una nave espacial pero sin manual de instrucciones.
Los defensores del automático te dicen:
“Tienes que pasarte al automático, es más seguro, más moderno… ”.
Y yo respondo: “Sí, no lo niego, pero también es mucho más aburrido”.
Y continúan: “Pero por qué no lo pruebas? Y tú ahí…. a dar explicaciones.
Y no se cansan, oye! Siguen erre que erre: “Pero si es comodísimo, no tienes que pensar!”. (Y yo para mis adentros): “También es comodísimo que mastiquen por mí y no por eso lo quiero”
En vista de que no doy mi brazo a torcer, con esa superioridad moral y ese tonito de gurú espiritual que parece que vienen a salvarte de tu ignorancia, te sueltan: “Porque no lo has probado en los atascos, si no, cambiarías de opinión”.
Que asfixia, de verdad! Me dan ganas de contestar que en los atascos me encanta jugar al “pisa y suelta” en versión bucle para no perder los reflejos.
Hay gente muy cansina. El tema está en que no sé qué interés tienen en convencerme. Insisten e insisten, que da la impresión de que se llevan comisión. Y cuando no lo consiguen debe ser que se frustran y pasan al ataque personal porque siempre hay alguien que te dice:
“Pero mujer no seas negada…” Negada yo? Por no querer que un ordenador piense por mí? En este punto ya les contesto: «Mira…. para conducir con un solo pie y la mano al volante ya están los autos de choque» Y se acaba el temita.
En resumen, que lo respeto…. pero yo seguiré con mi embrague, mis marchas y mi orgullo de conductora de vieja escuela, hasta que dejen de fabricarlos. Porque para mí, conducir sin manejar la palanca de cambios es como bailar sin mover los pies: técnicamente funciona, pero no tiene la misma gracia.
Así que, si me veis conduciendo un coche manual, no intentéis salvarme, que no estoy en peligro, solo estoy disfrutando.
Dejo el debate de los coches y me paso al modo disfrutón con esta deliciosa crème brûlée. Aquí no hay marchas que meter pero sí una cuchara con la que romper el caramelo y tomar el control absoluto. Y a disfrutar sin frenos!!
Os cuento cómo hacerla:
Ingredientes: Para 5-6 ramequines
500 ml nata para montar 35% m/g
5 yemas
75 g azúcar + extra para el caramelo superior
1 vaina de vainilla o 1 cdta. vainilla en pasta
Preparación:
Precalentamos el horno a 160ºC con calor arriba y abajo.
Comenzamos poniendo la nata en un cazo y la llevamos a fuego medio junto con la vainilla. Si la usamos en vaina, la abrimos por la mitad y con ayuda de un cuchillo retiramos su carne. Cuando alcance el punto de ebullición retiramos del fuego, tapamos y dejamos infusionar unos 10 minutos.

A continuación ponemos las yemas en un bol y añadimos el azúcar.

Batimos enérgicamente con unas varillas hasta veamos que blanquean y se disuelve el azúcar.

Añadimos la nata de poco en poco para igualar temperaturas y removemos con rapidez para evitar que se cuajen las yemas.

Pasamos la mezcla por un colador a una jarra para retirar cualquier resto de yema y de ahí directo a los ramequines, que habremos dejado dentro de una bandeja de horno con agua caliente para hacer el baño maría.

Introducimos la bandeja en el nivel medio del horno y dejamos cocinar durante 1h. Pasado el tiempo, retiramos la bandeja del horno y dejamos los ramequines dentro del agua unos 20 minutos más para que terminen de cuajarse.
Retiramos los ramequines del agua y los dejamos enfriar por completo. Llevamos al frigo un mínimo de 6 horas, aunque es mejor dejarlo preparado de un día para otro para que la textura sea la ideal.
En el momento de servir, espolvoreamos la superficie con azúcar y con ayuda de un soplete de cocina lo quemamos.

Dejamos reposar 2 minutos para el azúcar quemado endurezca y se convierta en ese cristal crujiente que tanto nos gusta romper con la cuchara.

El resultado es una textura increíblemente sedosa, densa y delicada que se funde en la boca.

Un postre sorprendentemente sencillo de hacer. No necesitamos técnicas astronómicas ni ingredientes imposibles; solo un poco de mimo y el toque maestro del soplete final.

Pocos placeres gastronómicos superan ese irresistible crujido limpio del caramelo rompiéndose ante el primer golpe de la cuchara.
Nada más que añadir, a disfrutar de este espectáculo de postre!
Ali
